La primera regla del club de la judía es que nadie habla del club de la judía (spoilers)

Un gato con botas, espada, sombrero y sin gatopadres conoce en su orfanato a un huevo que habla donde, por ejemplo, también hay un niño azul que hace bullying. Huevo se convierte en amigo de gato, a pesar de ser una mala influencia. Siempre está tramando y pensando en robar carteras. Una tarde un poco gay bajo un árbol a las afueras, huevo le dice que sueña con poder conseguir las judías mágicas, que más bien son transgénicas. Si las plantan en un lugar x, podrían conseguir subir más allá de las nubes para llegar a un castillo-nube en el que hay una oca que pone huevos de oro. Pero en una de sus fechorías, huevo roba el banco del pueblo donde viven (San Ricardo) y lo hace cómplice del atraco. Al final, pierden todo el dinero y gato se escapa enfadado.

Pasan los años y gato vuelve a tomarse un chupito de leche, de esos que colocan. Es como el Clint Eastwood de los gatos. Se reencuentra entonces con huevo, acompañado esta vez con una gata especialista en el hurto a menor escala. Juntos forman un equipo perfecto para hacer realidad su sueño de hacerse con la oca que caga oro.

 

Como se percibe, es un argumento original. Pero nada más lejos de la realidad. La película es previsible, de las que van perdiendo fuelle con el paso de los minutos. Y no es cosa del ritmo, que está bien, es quizá por la falta de credibilidad y de giros en el guión.

Por orden de aparición: Gato no empatiza todo lo que debiera y huevo (que rayos pintara un huevo entre esos personajes) no cae bien, es un manipulador que se mueve por intereses. Gata parece que va a su bola aunque tenga buen corazón y los malignos Jake y Jill, molestan pero no son antagonistas ni representan al mal. Son indignos como enemigos. Y dan pena.

En un esfuerzo por seguir la narración, uno puede disfrutar con algunos planos que aprovechan el 3d, algún que otro guiño al Kill Bill de Tarantino o al  Club de la Lucha y diálogos no aptos para menores que te hacen esbozar una leve sonrisa. Quedan bonitas las composiciones de varios planos de una misma escena y ese rollito spaguetti western con música trompetera, pero nada más.

En cuanto al doblaje, Banderas, que es sello de bodrios como Spy Kids y para mí, junto con Nicolas Cage, el símbolo de una mala película, lo hace realmente bien, ayudado, eso sí, por unos diálogos que a veces son buenos. De su compañera de aventuras Salma Hayek doblando a una gata, bueno… Digamos que sin su físico no atrae ni la mitad.

 

Por tanto, es un largometraje que podría haber resultado como cortometraje. Y eso que dura 1 hora 20. Quizá incluso encajaría bien en un tráiler. Quizá no sea ni para niños ni para mayores. Quizá la sombra de Pixar es demasiado larga. Quizá las comparaciones sean odiosas.

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