Olowek

Un billete de un vuelo barato, de estos de “no me caben los pies” y en los que no se puede pegar ojo. Los anuncios de la megafonía sorprenden con un tabaco sin humo. Y una bolsa de M&M para acabar con los nervios. En la bodega, un equipaje lleno de ilusión que sirve de ruptura con lo que dejan. Cuatro amigos nerviosos comentan la jugada. Son historias que han oído, rumores de vidas pasadas.

Se dirigen al norte, bastante más al norte, donde podrás ver Polonia. Un país grande, frío, que suena a Unión Soviética y a guerra. De hecho, la historia del país es la historia de un niño herido, un niño que se empeña en crecer. Víctima de soviéticos o alemanes, Auschwitz es claro ejemplo, el mayor campo de concentración jamás construido por la Alemania nazi. La ciudad elegida es Wroclaw, una mediana urbe al oeste. Allí está el centro del meollo de la Europa oriental, sirve como punto de unión entre dos mundos. En 600 kilómetros a la redonda, Berlín, la capital de la cultura mundial en el momento, Praga, con permiso de París, la ciudad del amor, Viena, como centro de uno de los mayores imperios de la historia de Europa o Budapest, con su inconfundible aroma, una  vuelta a casa, aunque parezca extraño.

Al contrario de lo que pueda parecer, su gente, al principio reacia, es hospitalaria. Les reciben con los brazos abiertos, a pesar de esa mirada de desconfianza y miedo. En su primera noche, una fría noche de septiembre, se dirigen a la cervecería que tantas veces habían visto en la televisión. Da la sensación de que ya lo han vivido, es un sueño hecho realidad. Cerveza, el néctar del nativo, de caramelo, fresa y chocolate. Chocolate que se bebe.

Alcohol y sexo, y hasta ahí podemos leer. Allí es donde escribirían su historia durante un año, el más corto e intenso de sus vidas. En un lápiz#, para escribir y borrar, sin deberes ni futuro, con la excusa de disfrutar el momento para no ser preguntados. Para no preguntar.

Allí pasarían muchas noches y muchos días, conviviendo como hermanos. Desde el musulmán homosexual al introvertido japonés, todos se convirtieron en una inmensa familia, en los que la ira, la envidia y los demás pecados capitales no existirían. Pero tan sólo sería por unos días.

#Olowek, del polaco “lápiz”. Así se llama la residencia de estudiantes donde vivieron.

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