La zapatilla de la independencia

estelada-sabatillesDigamos que es razonable. Que la excusa perfecta se ha convertido con naturalidad en una verdad palmaria. El “España ens roba” como caldo de cultivo para una búsqueda de un enemigo común, un antagonista, una película con argumento. Pues bien, ni desde este punto de vista consigo entenderlo.

Dr Jekyll

Me decía un académico de Historia Económica que el caso catalán tenía algo de particular. Nunca en la historia de la civilización humana se había dado la secesión de una región de su estado “madre” sin que hubiera habido un motivo económico. El móvil, decía, siempre fue por un sentimiento de descontento, pero un descontento con regusto metálico, sabor oro.

Si me permiten la licencia, el niño empollón, el ojito derecho, se nos ha hecho mayor. No vamos a discutir el músculo industrial y económico de Barcelona y su urbe, ni mucho menos poner en duda la belleza de una ciudad mediterránea sin parangón. Son los “fucking master”, más hoy, en la innovación, en el avance, en todo.

Si los antepusiéramos a Madrid, digamos que ésta última es una señora octogenaria de collar de perlas y broche en el pecho con el pelo cardado y la cara pintada ya sin destreza. Barcelona, en cambio, es esa niña bonita de piel turgente que anda con ínfulas de superioridad, pisando fuerte, segura de su futuro. Una es prodigio, la otra es arruga.

Volviendo al tema, si todo se reduce al color del billete, por qué no darles lo justo.

Mr. Hyde.

Todos hemos tenido algún encuentro con un catalán, sea persona, lugar u objeto. En mi caso, hace ya unos años tuve la oportunidad de sufrir un acercamiento a uno de esos hipsters de invierno que profesan amor y dedicación a su líder y bandera. Pasaba unos días en Barcelona con unos amigos, de aquellos de festival y desenfreno. Una de aquellas tardes marcadas en la agenda para el descanso y la resaca, remontábamos con pachorra la algarabía de las ramblas, con ese gentío cosmopolita y único con el que Barcelona recibe al viajero.

Pues bien, ya a la altura de Plaza Cataluña pregunto por mi situación geográfica a un viandante cualquiera. A consecuencia de mi interlocución, éste espeta, despotrica y condena, gira la cabeza con la barbilla altiva y aduce una mirada de desprecio. Se va. – Muchas gracias, señor – contesto.

Uno se pregunta entonces si detrás de su solicitud amistosa de ayuda había alguna palabra malsonante, algún gesto ofensivo. Tras revisar la moviola  durante unos segundos cual patada de Pepe a Alves con todas las tomas de que dispone una televisión de pago, llego a la conclusión de que ni hay motivo para el desprecio, ni razón para un malentendido.

El problema fue únicamente el lenguaje empleado. Perdón, el lenguaje no. El idioma. El sujeto original y adoctrinado empleaba orgulloso su lengua propia para contestar a una pregunta planteada, oh! maldición, en nuestra lengua común.

Me dio que pensar. Y lo hice.

Era triste pensar en que, después de cientos de miles de años, un ser humano prefiriera utilizar el lenguaje para comunicar peor de lo que podía.

El lenguaje, dicen, es lo único que nos diferencia del resto de los animales. Es, consecuencia directa de un cerebro mayor, de un

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: